23 abril 2009

Tus zonas erróneas ( I )





Uno de mis libros de casi cabecera es precisamente este, tus zonas erróneas, de Wayne. W. Dyer. Todo un clásico dentro de los libros de autoayuda.

Tengo la intención, de incluir cada mes al menos una entrada en la que comente algo sobre, o de, algún libro que me parezca interesante. Y, aunque la literatura de autoayuda esta a veces muy mal vista, sobre todo por parte de quienes más la necesitan, me decido a comenzar por este, por una razón muy sencilla, es el que ahora mismo estoy releyendo en busca de pistas para encararme con dos problemillas, uno propio y otro ajeno pero que me llevan por la calle de la amargura.

De todos sus doce capítulos mi preferido es. Con diferencia, el último pues resume, en mi opinión de modo perfecto, todo el conjunto del libro. Pero ahora los que me preocupan son el dedicado a tratar la postergación y otro que dedica a explicar y mostrar como paliar y a ser posible eliminar la dependencia insana que algunos seres humanos siente hacia los demás.

Por desgracia, para mi, en su capitulo sobre la postergación (dejar para mañana lo que puedo y necesito hacer hoy) … no parece decir nada que en mi caso resulte especialmente útil, esta destinado a explicar como se origina, y actúa esa tendencia tan humana, en personas normales, que no tienen una situación emocional de partida tan destructiva como es esta de la que estoy saliendo. Creo que salvo cuando surge como consecuencia de una fuerte depresión, la postergación es como dice él no solo una tendencia errónea pero común y muchas veces inocua, por lo tanto no le voy prestar mayor atención aquí, al menos por el momento.

La sobredependencia hacia los demás, esa, es otra cuestión. Y, si quiero darle la importancia que creo que tiene.

Nuestra dependencia de los demás es evidente, natural e inevitable. Yo, por ejemplo puedo escribir este blog sin nadie que me lea, pero ese blog no puede existir sin Internet, pero Internet es una red y por lo tanto su existencia imposible sin los demás. Es más necesito a los demás para conseguir, pan, jabón y todo un montón de cosas pese a ser de lo más básicas y es que ni se sembrar trigo, ni cosecharlo, ni molerlo, ni cocinar la harina para que tome la forma de un pan. No se hacerme mi propio jabón, mi propia ropa, mi propio calzado. Sin los demás no sabría como hacer fuego, no podría ni fumarme mi tabaco. Evidentemente mucho menos iba ser capaz de construirme un ordenador como el que ahora uso o ese otro que tu estas usando para leerme.

Por lo tanto y dado que dependemos de los demás, también es natural que sintamos el deseo de resultarles agradables, deseables, es decir, que busquemos su aprobación pues resulta evidente que todo aquello que necesitamos de los demás tendremos más posibilidades de conseguirlo si contamos con su aprobación. El problema surge cuando esa aprobación se busca cuando no viene a cuento y de un modo que aun lo viene menos, de forma convulsiva, irreflexiva, absurda, contraproducente hasta el punto de que lo hacemos sin necesidad, cuando no nos conviene ni falta que nos hace, cuando buscarla solo sirve para perderla. Entonces esa búsqueda deja de ser una herramienta que nos ayuda a vivir y pasa a ser una amenaza para nuestra vida, una traba, una trampa. De tal modo que podemos acabar siendo nosotros mismos una herramienta de nuestra búsqueda, en lugar de ser ella una herramienta nuestra; con lo que nuestra vida deja de ser nuestra para convertirse en la esclava de una frenética y neurótica búsqueda de aceptación por parte de los demás.

Para tratar de describir esto Dyer nos relata un cuento, que por lo visto en principio fue concebido para explicar como funciona la felicidad, por C. L. James, y que no me resisto a transcribir aquí:

“Un gato grande vio cómo un gatito pequeño trataba de pescarse la cola y le pregunto “¿Por qué tratas de pescarte la cola de esa forma?”. El gatito dijo “he aprendido que lo mejor para un gato es la felicidad, y que la felicidad es mi cola y por eso la persigo y trato de pescármela; y cuando la pesque habré logrado la felicidad”. El gato viejo le dijo “Hijo mío, yo también le he prestado atención a los problemas del universo yo también he pensado que mi cola era la felicidad. Pero, me he dado cuenta que cuando la persigo se me escapa y cuando voy haciendo lo que tengo que hacer ella viene detrás mìo por donde quiera que yo vaya”

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